En una encrucijada. Hiperventilando por ensanchar la hebra de hilo y escapar de una telaraña herrumbrosa, contra la espada y la pared. Resumir en 30 títulos los más memorables recuerdos con los que has ido formando tu "lectobiografía" se parece más a estar encerrado en una jaula de escorpiones voraces y tú con los ojos vendados, que a una terapia de susurros poéticos e imágenes caleidoscópicas que te recuerdan jornadas de hojear y husmear entre los textos de tus ídolos, entre incómodos asientos de aviones, tranvías, hamacas de piscina o esa cama que abomina tu laxitud de ser acogido como lector, para espantar tus insomnios.
Me dispongo, no obstante, al reto. He aquí tres decenas de obras, todas mayores a pesar de su longitud en páginas, y que ordeno, estrictamente, por orden alfabético. Estableceré un juego intertextual y metalingüístico para que, aquel que me lea, corresponda a mi impotencia de que sólo sean treinta y de que deba circunscribirlo a un almacén de riqueza incalculable absolutamente incompleto.
1. 13,99 euros, Frédéric Beigbeder, 2000. Es lo que me han costado los gastos de envío, cuando Amazon estaba sólo en Seattle. Me cautivó el estilo caústico del expublicista francés al burlarse del mundo de las comunicaciones corporativas.
2. 1984, George Orwell, 1949. Durante ese año, que fue bisiesto y de infortunio, alguien me pasó clandestinamente un ejemplar, como si fuera un samizdat, de la distopía primigenia. Y entendí mucho de lo que pasaba en mi natal Cuba.
3. Burlando a la Parca, Josh Bazell, 2009. De las mejores novelas canallas que han pasado por mis manos. El protagonista es médico como el autor, pero le supera en que además es ex-presidiario al haber pertenecido a las mafias. Sus descripciones son soberbias, al punto de que más de una vez las he utilizado en clase para definir qué inhibe a todo ser humano para no ser un asesino y quedarse justo en la leve membrana que separa el prosencéfalo del mesencéfalo.
4. Caracol Beach, Eliseo Alberto, 1998. Lamento que esta gran promesa en la narrativa y la poética, se fuera intempestivamente. De casta le viene al galgo, pues es hijo del mayor vate de la poesía del siglo XX en Cuba, Eliseo Diego. El argumento de la novela, que ganó el Premio Internacional de Novela Alfaguara, es el reservorio de la locura, del deseo, de la soberbia, de las diferencias de estatus, del subconsciente encaracolado.
5. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, 1967. Ese sea quizás el lapso temporal de partida hacia la inmortalidad del Gabo, el más suculento en delirios de los autores del boom latinoamericano, capaz de describir como cae una gota en una fuente enmohecida llena de gusarapos como un pasaje de filigranas en oro regio.
6. Crónica del rey pasmado, Gonzalo Torrente Ballester, 1989. Fábula exquisita sobre la ridiculez humana, escrita con una maestría galopante entre ironía y humor finísimo, para describir cómo a la España del siglo XVII le cuesta aceptar que su monarca tenga un solo deseo, luego de conocer los encantos de la meretriz más bella del reino: ver a la reina desnuda.
7. Desayuno en Tiffany's, Truman Capote, 1958. El acerado estilo de Capote se centra en someternos al deleite de descubrir como Holly, la hermosa chica texana, sobrevive divirtiendo a parte de la alta sociedad machista neoyorkina, siendo socorrida por el narrador anónimo que es su vecino de los bajos en un descascarado edificio del Upper East Side de Manhattan.
8. El arpa y la sombra, Alejo Carpentier, 1978. En tres partes divide el erudito cubano su versión sobre el descubrimiento hecho por Colón de las Indias Occidentales. A banquetearse con su versión de alcobas entre el Almirante y la reina Isabel La Católica. Tanto empeño en apoyar una descabellada aventura tenía que estar basada en el adulterio más candente.
9. El nombre de la rosa, Umberto Eco, 1980. En una abadía remota del norte de Italia, a principios del siglo XIV, el ex-inquisidor franciscano Guillermo de Baskerville y su discípulo, el novicio benedictino Adso de Melk, han de enfrentarse a la solución contrarreloj de una secuencia de asesinatos entre los amanuenses del mayor reservorio bibliográfico del mundo en ese entonces. Umberto Eco emplea su erudición y magistrales herramientas semióticas para edificar el relato. Llena de citas, de documentos primigenios en latín vulgar como Il Placitu di Capua (quizás el primer texto escrito en italiano), de signos y de valoraciones sobre él, es una fresca recreación del poder de la palabra y las imágenes, resumidas en esta frase: "Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus" (La rosa original está en el nombre, sólo tenemos nombres desnudos).
10. El perfume: historia de un asesino, Patrick Süskind, 1985. Imposible no prenderse de la estela maligna que va dejando Grenouille a su paso engarrotado. El desgraciado se convierte en el espécimen más singular de la naturaleza humana. Pese a que es inodoro, descubre las artimañas para traducir en aceites esenciales el alma de bellas doncellas. Para obtener los ungüentos ha de extraer la savia una vez deje sin vida a las jovencitas. No en vano su historia ha sido traducida hasta al latín.
11. El pozo y el péndulo, Edgar Allan Poe, 1842. Espeluznante anécdota que se erige en medio del fragor de la Inquisición en Toledo. El personaje sabe que va a morir, las paredes de su celda se estrechan mientras tiene encima un artilugio que indica la proximidad de lo terrible. Ha de compartir su ingenio de supervivenvia con los roedores que le hacen compañía. Mientras, la fosa de agua espera recibirlo en sus fauces.
12. El principito, Antoine de Sant-Exupéry, 1943. A nuestro aviador se le ocurrió legarnos una de las más fértiles historias para todas las edades. Es a la vez libro de aprendizajes, de autoestima, de filosofía vital, de resiliencia. La fábula enciende el intelecto y la sensibilidad en esta obra que tendrá quizás, después de La Biblia, de Citas del Presidente Mao Tse Tung y de Harry Potter, más impresiones y el mayor número de veces en ser regalado.
13. El tambor de hojalata, Günter Grass, 1959. Con ambas baquetas, el eterno niño Oscar Matzerath es capaz de cualquier estropicio al hacer sonar el tambor que su madre le regaló a los tres años, cuando de manera voluntaria decidió dejar de crecer. Su habilidad percutiva se vincula al poder vitricida de su grito, capaz de hacer estallar catedrales. El personaje perfecto y la fábula delirante absoluta para narrar los años de la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva de un alemán. Nunca olvidaré la escena de la abuela materna, cuando con un inmenso vestido ocultó a un prófugo bajo sus faldas y concibió a la madre del protagonista.
14. Estrella distante, Roberto Bolaño, 1996. Del malogrado escritor chileno, esta historia de un extraño y estrafalario personaje que frecuenta los círculos literarios de Chile pero en cuya piel se esconde un siniestro alemán piloto de guerra que inaugura la tendencia de dibujar con fuegos de colores sus consignas bélicas. Asesinatos, mentiras, abyección, arte, barbarie, cinismo.
15. Exito, Martin Amis, 1977. Como sobresaliente autor del sarcasmo y la libidinosidad británica de los ochenta, Amis dibuja una familia de hermanastros dispar, enfocado en los dos hombre: el dandy Gregory, exitoso en lo profesional y lo social-sexual, y Terry, semiobeso, lleno de acné y donde el novelista saca filo con sus escatologías. La moraleja está en el desenlace, acaecido por un golpe de suerte y una obsesión estoica, donde se vuelcan los papeles.
16. La ciudad de los prodigios, Eduardo Mendoza, 1986. Onofre Bouvila es un joven campesino muy pobre que escapa a la creciente Barcelona justo cuando la ciudad condal va a acoger la Exposición Universal de 1988. De repartir panfletos llega a convertirse en uno de los más acaudalados barceloneses en el siglo XX, asistiendo a la aparición de La Ciutadella, Plaza España y el Eixample de la capital catalana. No creemos haya reseña urbana de Barcelona más impetuosa y sincera que ésta. Sí otras varias, más densas en páginas y más lacrimógenas en resultados.
17. La Habana para un infante difunto, Guillermo Cabrera Infante, 1979. El cinismo léxico-gramatical que persigue el autor es tan evidente en cada página del grueso volumen, que sin dudas responde a su irreverencia por los usos fijados a fuerza de ortodoxia y de diccionarios, a los que llama "ese cementerio de elefantes lingüísticos adonde van a morir las palabras". Famoso por sus logradas aliteraciones (el ejemplo más evidente es el título de la novela), y de la paranomasia ("Camarada sin cama", "columnas, más toscas que toscanas", "mi pene y yo - socio sucio-"), que emplea a fondo para relatar su vida desde la adolescencia temprana al llegar de su pueblo de pescadores; Gibara, a la agitada Habana con ganas.
18. La hoguera de las vanidades, Tom Wolfe, 1987. Si llevásemos al fuego esta obra de uno de los padres del Nuevo Periodismo, necesitaríamos un buen mazo de horcones. Asusta comenzar a colgarse de sus páginas y casi perder el equilibrio por los dolores en las muñecas. Pero es un excelente fresco del american way of life, repleto de personajes y sus respectivos fondos contextuales, desde los más adinerados blancos de Manhattan hasta los negros más desposeídos del Bronx. Pastores evangélicos, detectives obscenos, abogados de levita, fiscales mal pagados, y un accidente que será el que descarrile los sueños de unos y de otros.
19. La insoportable levedad del ser, Milan Kundera, 1984. ¿Tratado filosófico del amor y de las parejas? Kundera no estaría de acuerdo. Para él, este monumento narrativo elige a unos pocos seres relacionados por la estela del sexo, el deseo, al adulterio, el escarceo, la lealtad, la necesidad del persistente pastoreo en búsqueda de la diferencia infinitesimal y la dependencia de los cuerpos. La levedad y el peso. Todo un clásico para conocer cómo se compone y desmembran las relaciones occidentales modernas: "Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad, el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza."
20. La muerte del comendador, Haruki Murakami, 2017. Es imposible concebir la dispersión geográfica de los maestros vivos de la literatura universal, sin incluir a Murakami y su orbe surrealista y enfebrecido. Con tres personajes esenciales, el pintor-narrador, el vecino-cliente y la vecina-alumna, el japonés nos atrapa en una red de espirales vertiginosas por las artes, la soledad, la independencia, la lujuria, el mito, los miedos, lo inexplicable. Golosina para no soltar.
21. La tabla de Flandes, Arturo Pérez-Reverte, 1990. El prolífico reportero de guerra y novelista suele ser, a cada entrega, un suceso de ventas. Escribe con soltura y apego al marco histórico (batallas que conoce bien por los autosecuestros a que se somete en su biblioteca), y estas habilidades se manifiestan, en el caso que nos ocupa, para desplegar la adrenalina tras las huellas de un asesino por partida doble: dentro y fuera del cuadro. Virtuosa combinación de arte, ajedrez, intriga, celos, odio, infidelidades y muerte.
22. Las edades de Lulú, Almudena Grandes, 1989. El enjambre genital que Lulú se ve entusiasmada en protagonizar, que termina convertida en una de las novelas eróticas españolas más recordadas de la democracia. La chica experimenta en todas las parcelas, recorriendo el submundo de las escenografías sexuales más anchas, donde no hay freno ni barreras que aparquen la consecución del desenfreno y de las aptitudes carnales del cuerpo.
23. Los novios búlgaros, Eduardo Mendicutti, 1993. Radiografía de las noches en la Puerta del Sol de Madrid, y el flirteo entre caballeros adinerados e inmigrantes de Europa del Este. Daniel Vergara vivirá in crescendo el embate erótico del joven buscavidas Kyril, y de todas sus demás cargas. Una crónica ambiciosa sobre esta pasarela de las diferencias ciudadanas que muy pocos conocen, y que Mendicutti desnuda sin vergüenzas y más bien con resignación. C'est la vie.
24. Noticia bomba, Evelyn Waugh, 1938. Considerada con razón una de las mejores cien novelas del siglo XX, es el terreno donde Waugh destila su mejor sátira sobre el mundo del periodismo y las corresponsalías de guerra. Aprovecha la inopia agresiva de un inglés venido a menos en una destartalada casa campestre rodeado de la senectud familiar y que, por error, por coincidencia de un apellido, es llamado a servir en el frente de un remoto país en conflictos, sin tener la más lejana idea del oficio. Para dejar escapar risotadas en cada capítulo.
25. Novela con cocaína, M. Aguéiev, 1936. El autor estuvo amparado por un seudónimo hasta más o menos sesenta años después, cuando se supo que su verdadero nombre era Marko Levi. Ruso como el protagonista de su novela, que transcurre en el Moscú víspera de la revolución bolchevique, hace suponer que es autobiográfica y crepitante por el odio radical a su madre, sus primeros escarceos con adolescentes pobres y alguna que otra acaudalada señora, y por sus amistades peligrosas que lo llevan a descubrir el universo de la cocaína. Fenómeno literario de escasa difusión que puede ser texto de estudio para todo estudioso de la conducta humana.
26. Opus Nigrum, Marguerite Yourcenar, 1968. La prosa de Yourcenar, primera mujer en entrar a la Academia de las letras francesas, son un tejido consistente de sabiduría y manejo del verbo. Encuentras fruición como lector al dejarte llevar por sus encrucijadas, esta vez en un ambiente próspero del Flandes del siglo XVI, centrado en la biografía de Zenón, alquimista y médico que está en busca de la esencia del cuerpo a través de la alquimia y la cábala y cada vez menos, de la teología. Pestes, fórmulas mágicas, grimorios, sabios del Renacimiento, herejías e Inquisición en un lienzo perfectamente dibujado para responder las eternas preguntas que la propia autora se ha hecho a lo largo de su existencia.
27. Rayuela, Julio Cortázar, 1963. Uno de los retos más innovadores la literatura universal: concederle el orden de recepción del texto al lector, a través del Tablero de Dirección que Cortázar incrusta en la primera página de la novela. Quien la lea puede elegir, al menos, dos líneas de seguimiento; el tradicional, de principio a fin, y la secuencia alterna que propone el novelista, comenzando en el capítulo 73 y de ahí seguir las instrucciones. En esta interactividad poliédrica daremos cuenta de la historia de sus protagonistas, Horacio Oliveira y Lucía, La Maga. Juego que se va completando como en la rayuela, saltando con un pie o los dos, en pos del equilibrio que lleva al éxito,
28. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Jorge Luis Borges, 1940. Para una eminencia como Borges, jugar a los acertijos y laberintos era algo habitual (la biblioteca, el Aleph, los jardines que se bifurcan). En este cuento de metaficción, echa mano a su gran amigo Adolfo Bioy Casares, quien será su deuteragonista. Son personas, no personajes, que se ven envueltos en la búsqueda de una entrada que está en el ejemplar de la Encyclopaedia Britannica que posee Bioy Casares, pero que no encuentra Borges en el suyo, casi idéntico. Múltiples variables filosóficas y metafísicas discurren por el relato, del que siempre recordaré aquella frase que escribió Borges antes de quedarse totalmente ciego: "Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres".
29. Todo un hombre, Tom Wolfe, 1998. Consecuente con su exhaustividad en todo, Wolfe nos lleva al paraíso de un poderoso industrial inmobiliario que ha crecido en patrimonio gracias a su visión de futuro y a querer edificar megaestructuras a las salidas de la capital de Georgia y a la desmesurada confianza que tienen en él los bancos de crédito. La habitual transcripción que hace el autor de las entonaciones locales nos somete a un mosaico no sólo lingüístico de la América urbana y de la profunda, sino de la galería de criaturas que se entrecruzan, desde lo más alto de la cúspide socioeconómica hasta los derroteros más pálidos. Alcaldes, pregoneros, emigrantes, presidiarios, todos en un mezclum que no te deja respirar hasta el The End.,
30. Trainspotting, Irvine Welsh, 1993. Escrita en inglés británico, pero sobre todo con pasajes suficientes en escocés y en jerga de este segundo idioma, puede que sea la Biblia del Punk y de los sujetos desvalidos de techo y esperanzas que no tienen nada que perder, excepto sus alucinaciones y frontal convivencia con la heroína. A todo ello contribuyó su adaptación cinematográfica, que acrecentó una mayor simpatía por parte de la sociedad de finales del siglo XX.
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